Últimamente, de manera fantasmagórica a la vez que sensual, merodea por mi mundo la idea del descenso a los infiernos.
Dicho descenso implica múltiples acepciones, conjuros, mitificaciones orgiásticas y un eterno etcétera en el que sólo hay cabida para la duda.
Son múltiples los artistas que han descendido a la morada de Lucifer y luego han despegado como la espuma hasta el estrellato o la fama. Parece que venden su alma. Je.
Pero los que a mí me interesan son aquellos que han bajado a lo más profundo de las entrañas de la tierra, donde se han regodeado con el lodo, y por una u otra causa han perecido en el camino llegando, muchas veces, a suicidarse.
¿Cuáles son los motivos para que
Ian Curtis se ahorcara? ¿Cuál era su infierno? Y más allá de eso, ¿el suicidio siempre tiene que ir ligado a ese descenso infernal o dicho viaje místico tiene que ir ligado al suicidio?
Es cierto que muchas veces ese descenso implica un refuerzo en la obra del artista o en su vida personal. Y si no, que se lo digan a
Chuck Palahniuk (el cual tuvo que trabajar, entre otros trabajos, como mecánico de camiones teniendo en su [requerido por esta sociedad hasta la saciedad] curriculum vitae una licenciatura en periodismo),
Mica P. Hinson (con una adolescencia y pasado propia del mayor yonki delincuente del barrio) o
Johnny Ramone (delincuente en potencia en su juventud).
En el cine también han reflejado dichos descensos, viajes místicos en los que el protagonista ha vislumbrado el camino a la gloria.
Nacido el 4 de julio refleja ese viaje y la rápida subida al mismo trono de la gloria. Es curioso, ya que en el cine, nos muestran ese descenso y el súbito ascenso de la manera más evidente y simple que podamos llegar a pensar, pero en otras ocasiones, como en
El almuerzo desnudo,
La escalera de Jacob o
Johnny cogió su fusil, los infiernos son eternos, aunque no una condición relevante e imprescindible para el suicidio. Al menos en el argumento, claro...
También la literatura está plagada de casos en los que el escritor o la escritora han creado verdaderas obras de arte, novelas que se consideran joyas de la literatura, que no han sido reconocidas y dichos autores se han visto envueltos en los más oscuros paraderos de la mente humana.
Toole (duele saber que has escrito una obra inmejorable y que la rechacen constantemente allí donde la presentes),
Burroughs (la
generación Beat merece un artículo aparte),
Bukowski (infierno del que nunca salió) o el recientemente decubierto gracias a un amigo,
Tristan Egolf.
En la música también el abanico es múltiple; (¿quizá, tenga que ver, el coqueteo continuo e infinito con las drogas siempre ligadas a la música?)
Jim Morrison, Kurt Cobain, Jimmy Hendrix, Janis Joplin y los menos conocidos pero igual de buenos o mejores,
Mark Sandman (no se suicidó de forma voluntaria, pero su personal e íntimo infierno fue atroz, donde las drogas recetadas fueron el pan suyo de cada día), Nick Drake (del cual, mi colega
Kasker, publicó un artículo hace poco) o
Jeff Buckley.
Muchos de estos viajes están rodeados de misterios, teorías, documentales y demás parafernalia. A mí, lo que realmente me interesa, es el
dilema de los proscritos al propio infierno, esas personas (en concreto los artistas, ya sean escritores, músicos, actores, etc.) que renacen cual ave fénix y surge su obra como si de la nada apareciera. Y, cómo no, también esos otros artistas que se sumergen en las brasas de la soledad y la amargura para escapar de esa espiral con pólvora, fármacos o cuerdas atadas en forma de soga.
Queridos lectores, una vez más, este solitario con pipa y copa de coñac os abre una ventana. Una de miles. Pasen y descubran, por sí solos, el resto de la casa.